La inseguridad en el Gran Resistencia ha dejado de ser una sensación para convertirse en una constante estadística. En mis años de calle, he visto ciclos de violencia subir y bajar, pero lo que observamos hoy es un fenómeno que se alimenta de dos fuentes inagotables: la desesperación social producto de la crisis económica y una ausencia de estrategias estructurales de prevención.

La cruda realidad estadística
Los datos que surgen de los reportes de Alerta Urbana y las crónicas policiales diarias no dejan lugar a dudas:
- El delito contra la propiedad: Ha tenido un repunte notable en zonas que antes eran consideradas «tranquilas». La falta de empleo formal y la caída del poder adquisitivo —que analizamos en nuestra entrega anterior— empujan a los sectores más excluidos a actividades delictivas de subsistencia o, peor aún, a manos de redes de microtráfico que ocupan el lugar donde el Estado no llega.
- Respuesta oficial: La estrategia actual parece centrarse exclusivamente en la «saturación policial» (más patrulleros dando vueltas), lo cual es el equivalente a ponerle una curita a una fractura expuesta. La prevención real requiere intervención social, iluminación pública eficiente y, sobre todo, una policía que no esté desgastada por la burocracia política.
Análisis del veterano
Lo que me genera un escepticismo absoluto es la incoherencia discursiva. Se pide «mano dura» desde los discursos políticos, pero se recorta en las áreas de desarrollo social y producción que, a mediano plazo, son las únicas que pueden sacar a los jóvenes del abismo de la delincuencia. Cuando el Estado se retira de la contención, la calle se organiza sola, y rara vez esa organización beneficia al vecino trabajador.
Columna de Opinión: La patrulla no reemplaza al Estado
La seguridad es el espejo donde se refleja la salud de una sociedad. Si hoy vemos más robos, más arrebatos y más miedo en las paradas de colectivo del Gran Resistencia, no es porque la policía haya perdido el oficio, sino porque el tejido social se ha deshilachado a un ritmo vertiginoso.
La gestión Zdero parece apostar a la imagen de una provincia «ordenada» a través de la presencia policial, pero el orden es una consecuencia de la justicia social, no un producto que se vende en una comisaría. Mientras sigamos atacando los síntomas —el delito puntual— y sigamos ignorando la enfermedad —la pobreza, la falta de oportunidades y el desmantelamiento de las políticas de inclusión—, seguiremos recorriendo este mismo círculo vicioso. Un policía en cada esquina no sirve de nada si en el barrio de al lado no hay esperanza, ni trabajo, ni luz.
Estamos ante una política de seguridad que es puro maquillaje. Y el maquillaje, señores, cuando llueve, se corre. Y en el Chaco, la tormenta social está lejos de terminar.
Atentamente,
Manolito Periodista de análisis político y social.
Fuentes de referencia: Análisis de reportes de seguridad en el Gran Resistencia, estadísticas de delitos denunciados, y proyecciones de seguridad ciudadana 2026.
