Apenas comienzan a subir los termómetros, la provincia se enfrenta al mismo escenario: SAMEEP, la empresa estatal de agua, colapsa. No es una cuestión climática, como insisten los comunicados oficiales cada verano; es una cuestión de infraestructura obsoleta y gestión deficiente.

La radiografía del colapso
- Inversión vs. Recaudación: Mientras las tarifas aumentan —ajustándose, claro está, a la inflación—, el servicio sigue siendo intermitente. La pregunta que los usuarios se hacen con lógica implacable es: ¿a dónde va el dinero de la recaudación si la infraestructura sigue teniendo fugas, falta de presión y plantas potabilizadoras que no dan abasto?
- El costo social: La falta de agua potable no es un inconveniente menor; es un atentado contra la salud pública y la dignidad. En los barrios periféricos del Gran Resistencia, la carencia de agua es la crónica de una exclusión anunciada, obligando a las familias a depender de camiones cisterna que llegan cuando el humor político lo permite.
Análisis del veterano
He cubierto las gestiones de SAMEEP desde los años 90. El patrón es idéntico: se anuncian obras faraónicas que nunca se terminan, o que funcionan al 30% de su capacidad. Se cambian los nombres de los directorios, se cambian los colores políticos de los camiones, pero el agua —cuando sale— sigue saliendo turbia o, simplemente, no sale. La política chaqueña ha convertido al agua en un rehén electoral: una herramienta de control y de favores, en lugar de un derecho humano garantizado.
Columna de Opinión: La sequía de soluciones
Estamos en el 2026 y seguimos discutiendo por qué no hay agua en los barrios cuando tenemos dos ríos caudalosos bordeando nuestra capital. Es la contradicción más violenta de nuestra provincia. La gestión Zdero prometió «orden» y «cambio», pero en SAMEEP el cambio parece ser solo un rótulo en la factura.
La falta de planificación es un rasgo distintivo de nuestra clase dirigente. Se ha priorizado durante años la construcción de obras de fachada, mientras las cañerías troncales, que ya cumplieron su vida útil hace dos décadas, siguen enterradas y colapsadas. Gestionar no es solo poner la cara en un acto público; gestionar es garantizar que, cuando un ciudadano abra la canilla, el agua fluya. Si después de tantos años de supuesta inversión la situación es la misma, no estamos ante una falla técnica: estamos ante una falla de carácter moral.
El agua es, en última instancia, el termómetro de nuestra calidad institucional. Y hoy, lamentablemente, el termómetro marca que estamos en una fiebre persistente.
Atentamente,
Manolito Periodista de investigación y análisis político.
Fuentes: Auditorías presupuestarias de SAMEEP, denuncias vecinales registradas en la Defensoría del Pueblo del Chaco, e informes técnicos sobre el estado de la red de acueductos en el Gran Resistencia
