Si hay algo que aprendí en tres décadas de oficio, es que los números no mienten, aunque los funcionarios se esfuercen por disfrazarlos con discursos optimistas. Mientras desde el Ejecutivo provincial se habla de «equilibrar las cuentas», el ciudadano de a pie, el que va al supermercado en Resistencia o en el interior, sabe perfectamente que la realidad es otra muy distinta.

La cruda realidad estadística
En el NEA, la inflación no es un concepto abstracto de los manuales de economía; es el precio de la carne, el costo del boleto de colectivo y la boleta de la luz. Veamos los hechos:
- Poder adquisitivo vs. Canasta: La brecha entre el incremento salarial nominal y la inflación interanual en la región sigue siendo una herida abierta. Mientras los sueldos intentan escalar por la escalera, la inflación sube por el ascensor. El poder de compra del trabajador chaqueño promedio ha experimentado una contracción real que, lejos de estabilizarse, se profundiza con cada aumento en los servicios regulados.
- La trampa del promedio: A menudo, las estadísticas oficiales hablan de un «promedio» que no existe. Ese promedio ignora que, en la provincia, los sectores con salarios fijos (como los trabajadores del Ministerio que mencionamos anteriormente) han perdido terreno frente a una canasta básica que, según los últimos relevamientos, crece a un ritmo que pulveriza cualquier paritaria tardía.
Análisis del veterano
El gobierno se aferra al discurso de la «austeridad» para justificar el recorte, pero la pregunta que nadie responde es: ¿austeridad para quién? Si el ajuste recae sobre el trabajador estatal y el jubilado, pero no vemos una reducción equivalente en los gastos de representación o en los contratos tercerizados de dudosa utilidad, el ajuste no es económico, es ideológico.
Se está intentando corregir un desequilibrio macroeconómico a costa de la nutrición y el bienestar de los chaqueños. Es una apuesta peligrosa: la paciencia del pueblo es un recurso que, una vez agotado, no tiene cuotas para renovarse.
La pregunta para la audiencia
Si la inflación ha logrado erosionar el valor de nuestro dinero a niveles que no veíamos hace años, ¿creen realmente que el plan de «orden fiscal» de Zdero tiene como objetivo final bajar la inflación, o simplemente está sacrificando el consumo interno para intentar cerrar las cuentas del Estado a cualquier precio?
Hablar de «equilibrar las cuentas» desde un despacho con aire acondicionado es un ejercicio de estilo cómodo, pero profundamente desconectado de la realidad que se vive en las góndolas de los supermercados chaqueños. Cuando la gestión Zdero nos vende la austeridad como una virtud, se olvida de un pequeño detalle estadístico: el ajuste que no se siente en el bolsillo propio es siempre, para el funcionario, un sacrificio ajeno.
La inflación en nuestro NEA no es un problema de «expectativas» ni un fantasma que se ahuyenta con decretos; es un impuesto regresivo que devora el salario del trabajador estatal y del privado por igual. Cada punto porcentual que sube la canasta básica sin que el salario lo acompañe es un paso más hacia la indigencia. Y lo que más alarma, tras 30 años de observar el devenir de nuestra provincia, es que no veo un plan de reactivación que acompañe este pretendido orden fiscal. Se está enfriando la economía hasta dejarla en terapia intensiva, creyendo que el silencio de la calle es sinónimo de aprobación, cuando en realidad es solo el cansancio de quien ya no sabe de dónde recortar para llegar a fin de mes.
La austeridad sin crecimiento es, simplemente, recesión. Y la recesión, señores, no se cura con discursos sobre el «déficit heredado», sino con políticas que pongan a rodar la rueda de la producción, algo que, paradójicamente, el Ministerio del ramo parece haber olvidado en pos de los recortes.
Sigo anotando. Porque, como siempre digo, los gobiernos pasan, los funcionarios se van, pero los datos quedan ahí, esperando a que alguien, alguna vez, los lea con honestidad.
Atentamente,
Manolito Periodista de análisis político y social.
