Dos sujetos armados, a bordo de una motocross golpearon a un joven de 22 años que padece esquizofrenia para robarle su bicicleta, que usa como parte del tratamiento médico. Sucedió este miércoles por la tarde, en la esquina de las calles Laguna del Desierto y Tapir.

Las autoridades buscan cámaras que hayan podido captar la huida de los malhechores, que habrían huido por una ‘cortada’ que une la colectora de la ruta 16 con el barrio Betina Vázquez.
En la zona conocida como «Carpincho Macho», que reúne una decena de barrios, los sobresaltos por episodios de inseguridad no conocen de horarios. En la barriada sitiada a las afueras de Resistencia, la vida está cargando de miedos domésticos, rutinas alteradas y resignación frente a la inseguridad cotidiana.
«Eran casi las 7 de la tarde. El salió mucho más temprano, por supuesto, a mi casa, a la casa de un amigo que estaba a una cuadra de mi casa, sobre Tatú Carreta. Yo estaba volviendo del cardiólogo y fui a buscar algo en la casa de mi comadre y él me ve y me dice, «Mamá, me estoy yendo para casa». Esa fue la charla», explica la madre del damnificado.
Luego le dijo al joven: «Tomá, comprá el pan ahí en los kioscos que están en la calle principal». El testimonio, atropellado y sincero, pertenece a una mamá acostumbrada a estar pendiente de cada salida de su hijo, que vive con esquizofrenia, en un barrio donde ya nadie se siente seguro.
La vuelta a casa se volvió pesadilla en minutos. «Mamá, me lastimaron, me lastimaron, me robaron». La urgencia la hizo saltar al auto y acelerar entre kioscos hasta encontrarlo. Su hijo, temblando, nervioso y herido, le mostró los brazos raspados, la ropa rota y el cuello marcado por el forcejeo. «Me robaron la bici y me agarraron fuerte del cuello», fueron las palabras de la víctima.
«Lo sorprendieron como de atrás, digamos. Él estaba andando, lo sorprenden y ahí lo toman desde atrás, del cuello. Y me aseguró mi hijo que tenían un revólver», indica la vecina que ve crecer el miedo a diario.
No era un caso aislado. Vestidos de negro, con motos grandes y rostros encapuchados, los atacantes habían sido vistos por la mamá el día anterior, en la misma cuadra y con la misma actitud acechante.
Tan pronto como corrió la noticia del robo a punta de pistola a una niñera, que circulaba en su moto, la policía sospecha que son los mismos responsables del asalto sucedido unas pocas horas antes.
La rutina de asaltos termina siempre con una llamada urgente a los grupos de vecinos, que revisan cámaras y avisan sobre movimientos sospechosos. «Como relató mi hijo y escuché las características de quienes le robaron la moto a la niñera este miércoles, estamos casi seguros que serían las mismas personas», explica la mujer.
«La víctima de ocasión – el joven de 22 años – había empezado a trabajar de Uber, para colaborar con la economía familiar, pero el riesgo de los constantes robos le dije que no lo haga más», revela en la vecina entrevistada por NORTE. Y añade: «Como no estaba ocupando su moto y esa bicicleta estaba guardada hace un par de meses ya, porque yo la estaba por vender, él se puso a arreglarla porque justamente su enfermedad le requiere hacer actividad».
La mamá trata de conformarlo, de consolarlo, pero el dolor sigue ahí: «Los materiales recuperamos, ya veremos cómo hacemos y compramos otra bici y ya está, le digo. No te haga drama, por eso, lo importante es que vos estés bien nomás.»
No pueden dormir. La noche se llena de sobresaltos y el corazón ya no resiste demasiado: «Hoy a las 6 de la mañana cuando yo salí de casa para trabajar recién se estaba por acostar, ya que a la noche no puedo dormir. Está todavía tenso o con miedo digamos», afirma. Al miedo por el hijo se suma el propio: taquicardia, pánico, controles al cardiólogo, toda una vida condicionada por la ansiedad de lo que puede pasar en próxima esquina.
Con cada robo se va un poco de libertad
«El mes pasado, en el grupo de WhatsApp que usamos con los vecinos, había informado que me estaban por entrar las 11 de la noche en mi casa. Y una vecina rápida de reflejos llamó a la policía», cuenta. Aunque el rescate, otra vez, fue casual: una perra boxer ahuyentó a los ladrones. «Nadie confía en la suerte más de una vez», se lamenta.
La vida diaria se parece a una prisión. «Días atrás nos reunimos con la policía y les dijimos que estamos en la expectativa porque yo vivo encerrada, tengo como una cárcel en mi casa», detalla. Las salidas ahora son en grupo: el esposo vigila antes de sacar la basura al descampado, ella prefiere no salir sola. Todo el mundo vive encerrado, y todos en la cuadra hacen lo mismo. La inseguridad cambió los hábitos, los horarios y hasta la idea de hogar.
